Desayunos con diamantes 💎 y cenas con huevos fritos.

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Recuerdo perfectamente el día que mis padres llamaron al carpintero para diseñar una litera con cuatro camas. Era emocionante. Dormir las cuatro hermanas juntas a distintas alturas. Y allí estábamos, peleándonos por ocupar la de arriba del todo. Me la llevé yo. Y me arrepentí. No sabéis lo difícil que es hacer una cama tan alta y lo complicado que es tener una conversación 📱telefónica “pavil” escondida bajo las sábanas, mientras oyes las risotadas contenidas de tus compis de habitación.
“Quiero un cuarto para mí solita” le dije a mi madre.
“Pues vete mentalizando que seguramente de dormir aquí, a dormir con el consorte. Tú sola, complicado”
Así fue. Compuesta y sin dormitorio.
Ahora cuando voy a casa de mis padres y veo la litera que ahí sigue, me río y añoro las tertulias 🌙 nocturnas, las burlas de mis compañeras cuando me escuchaban hablar influida por la demencia pubescente, los gritos de mi hermana cuando aplastó las mandarinas que tanto odia y que habíamos escondido dentro de su cama y tantas cosas que entre nosotras quedan.
Y hace dos días que cumplí 13 años como compañera de habitación de mi maromo. De mi maromo y de todo “quisqui”, porque nuestro dormitorio parece el camarote de los hermanos Marx. Qué razón tenía mi madre y qué poco me importa todo eso ahora.
Y sigo escondiéndome bajo las sábanas; cuando oigo un “¡mamaaaá!” a las dos de la mañana, a ver si así cuela y se levanta el camarada. O cuando quiero hablar por teléfono sin que me oigan. Aunque siempre nos quedará el baño, que es terreno soberano.
Tantas vivencias, secretos y recuerdos que esconden nuestros juegos de cama, nuestros cuartos, nuestras mesitas de noche. Es así, casi media vida pertenece a nuestra alcoba. Y quién me mandaría a mí ser tan osada de cambiar la colcha color “sufrido” por un blanco roto, de sucia que está. La lavé el sábado y el domingo Groucho, Harpo y Chico la enguarraron de chocolate 🍫
Compañeros en las coladas, compañeros en los sueños y en las veladas. Compañeros de los buenos días y las buenas noches, de los malos días y las malas noches. Rivales y contrincantes, a ver quién se hace mejor el dormido y se libra del paseíllo. Aunque si ganas te lo hago pagar con mis ronquidos.
Ni ese vestidor de ensueño, ni ese baño ocupado por potingues, brochas 💄y maquillajes a tutiplén. Mi sueño chafado. Como las mandarinas. Y es inevitable encontrar un calcetín tuyo entre mis blusas o tus cuchillas junto a mí pintauñas. Pero nadie como tú sabe sacar el jugo a la vida. A nuestra alcoba.

Sin cuarto para mí sola, sin el 👗vestidor que toda mujer sueña tener, sin tocador “princesil” y sin fantasías rosas. Un amago de primor con toque de Primark, una mezcla entre Audrey Hepburn y Bridget Jones. Así son mis aposentos y mis 13 años como tu compi de habitación. Ahora ya sabes por qué te quiero y por qué no he tenido más remedio que robarte la mitad de tu armario, chato.

Pincesloca

La “princesez” se encuentra en el interior y un poco en el tocador 👑

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